Corren malos tiempos para la coherencia interior. Malos tiempos para mantener posturas alejadas de "lo oficial", de "lo políticamente correcto". Malos tiempos para la discrepancia, de palabra o de obra. Tiempos de pensamiento único. En la sociedad en general, y en los toros en particular.
Y en estas, un torero ha tomado una decisión. Como tantos otros hombres que toman decisiones. Y como tantos otros, las toman en silencio.
Y de su decisión hablan, hablamos, escriben, escribimos, los demás. Él no.
José Tomás es consecuente: en su primer año de matador no pisó una portátil, ni siquiera para rodarse antes de confirmar en Madrid con apenas ocho corridas toreadas. Marcó su impronta ante el toro y se hizo un hueco en apenas una temporada.
Entonces se le reconoció el tremendo mérito, también como espejo para los que vienen detrás, de no pisar un gache, de no rebajarse él, ni rebajar al toreo.
El mérito de pisar la senda auténtica del toreo. La dignidad que, entre otras, nos devuelve a los toreros como héroes, como quijotes, como mitos literarios. Aunque algunos toreros se empeñen en vulgarizar al máximo el sentido casi sagrado de un traje de luces, de jugarse la vida ante el toro y ante la gente.
Y ser torero de verdad implica muchos matices en el comportamiento. Todo intenso y verdad, como la vida, como el toreo.
La dignidad ante el triunfo, la hombría ante el fracaso (los toros al corral de Salamanca y Madrid), la tremenda torería ante las cornadas, (lo más reciente, en Badajoz, cuando mató el segundo toro herido todavía por su primero). Quizá un comportamiento no digerible para los del pensamiento único, para los oficiales, para los que no quieren ver a los toreros como héroes. José Tomás no se quejó, y mató sus dos toros. Para la crítica oficial, una tarde más, perdida en el mes de junio. Para los que lo vieron, una lección de dignidad y de humildad. Una lección de grandeza. Una lección que, en los tiempos que corren, sólo deparan los toreros. Y no todos.
José Tomás ha conmovido a los públicos y lo ha hecho fundamentalmente con terremotos con epicentro en Madrid. Por encima de los datos (19 paseíllos, 17 orejas, 5 puertas grandes de matador y una de novillero, 2 cornadas, un toro al corral), José Tomás se ganó el corazón de una plaza por la pureza y la hondura de su toreo. Por lo que le hizo al toro, por un toreo incontestable, indiscutible por su trazo y por su significado, por el riesgo asumido y por la victoria ante ese riesgo.
No sólo a Madrid: José Tomás ha tenido a todo el toreo y los toreros a sus pies, con todo merecimiento. José Tomás no sabía torear de otra manera.
¿De qué nos extrañamos ahora que ha decidido no torear, o eso se desprende de su evidente ausencia de los carteles de las primeras ferias de la temporada?
Sigue siendo tan consecuente como al principio, cuando se le aplaudía casi todo. José Tomás sigue siendo coherente: unos se alivian en directo, delante del toro; otros se alivian quitándose discretamente. Pero todos necesitan un alivio. Todos son personas. Y yo prefiero que delante del toro no se alivien. Como José Tomás. Como no se alivió con ese toro de Alcurrucén de mayo de 2002 en Madrid. Un toro que le exigió volver a ser José Tomás en estado puro. Ese día marca un punto de inflexión.
Si el toreo de José Tomás nace de un impulso del alma, de una necesidad de expresarse toreando, y ahora no torea, lo más probable es que no sienta ese impulso. Que no necesite (necesitar de verdad, no me refiero al dinero) torear.
Y también es probable que su mente y su cuerpo pidan a gritos un descanso, y eso, el que mejor lo sabe, es él mismo. Si él ha parado, es la mejor señal de su autoexigencia. Y es la mejor señal de una vuelta a los orígenes.
La naturaleza es demasiado sabia como para equivocarse. La naturaleza no perdona. Tardará más o menos, pero posiblemente lo devuelva corregido y aumentado.
Como dijo Albert Boadella en su ensayo sobre José Tomás y su "demoledor dominio del tiempo en una situación límite", José Tomás hace fácil lo difícil, sin que su evidente valor tape la cadencia de su toreo. Pero el dominio del tiempo no es sólo ante el toro. Lo es ante la vida. Y en la vida de José Tomás ahora no es una prioridad torear.
Sobran los motivos para esperar al mejor José Tomás. El viaje de ida tiene siempre un camino de vuelta. Quedan muchas cosas por decir todavía.
Sobran los motivos para pensar en la huella que ha dejado y los límites que él ha impuesto a los demás. José Tomás y su impronta van a estar muy presentes en su ausencia.
Pero sobre todo, le sobran los motivos a él, como persona y como torero. Tiene derecho a hacer lo que quiera. Y algunos de nosotros tenemos derecho a pensar que ese descanso nos devolverá al mejor torero que hemos visto en nuestra vida, al número cero... porque desde él empezamos a contar.
José Tomás, como diría Sabina, sobran los motivos.