Camino. Paco Camino. Santo y seña de San Isidro. El campeón de la Feria más importante del mundo. Ostenta un registro impresionante: 40 orejas cortadas en esta feria en 47 paseíllos (el que más veces salió por la Puerta Grande fue Santiago Martín ”El Viti”, 12 salidas más una que se negó, y al César lo que es del César, en este caso a El Viti).
Paco Camino ha hecho historia en la plaza más importante del mundo. En la Feria más grande, de mayor repercusión. Fue el mejor de los mejores con una regularidad aplastante, incontestable.
Pero no sólo se ha sentado en el trono de Madrid durante muchos años y los que en adelante permita la memoria colectiva. Camino ha sido, y es, torero de toreros. Respetado por sus iguales y admirado por todos.
Extraordinariamente definido por Carlos Abella en su libro “El Mozart del toreo” por su paralelismo con el genio de Salzburgo en precocidad y talento, Paco Camino ha sido una de las cumbres del arte de torear, y uno de los mejores matadores de toros de la historia. Torero de sabiduría gallista y gracia sevillana. Maestro por chicuelinas, obras de arte con acento propio en las yemas de sus dedos. Puro y largo al natural, suerte fundamental, como la fundamental suerte suprema de la que fue perfecto y contundente intérprete. Una mezcla explosiva para explicar una cima torera del siglo XX. Fue el dominio revestido de un arte acabado y rematado. La arquitectura de un toreo clásico e intenso. Incontestable.
Si el toreo, de la mano de Antonio Ordóñez, tuvo reconocimiento implícito como una de las Bellas Artes, el Camino se demuestra andando. Y en eso, Paco ejerció en su época y para épocas futuras. Contra hechos no hay argumentos. Y los hechos de Paco Camino en lo suyo, que es torear, son comparables con los del mejor.
Por eso, aunque él no la quiera, es una vergüenza que todavía no tenga una Medalla de Oro de las Bellas Artes. Una pena que un galardón del que ya disfrutaron, alguno con menos méritos, contemporáneos suyos como Ordóñez, Curro Romero, El Viti, Pepe Luis Vázquez, El Litri, Paula, Antoñete, Manolo Vázquez... se haya devaluado por una concesión oficialista, y políticamente correcta, más cercana a un rutinario reparto anual y tombolero.
Esta vez les ha tocado a Espartaco y a Angel Luis Bienvenida.
Con Espartaco, respetos al máximo – por su trayectoria y esfuerzo como figura más que por su calado artístico - aunque resulte sospechosa en este asunto su cercanía incluso familiar al Gobierno actual. Y está muy claro que Angel Luis Bienvenida ha sido, con mucha diferencia, el menos importante de una saga en la que el artista indiscutible fue Antonio y la gran figura Manolo Bienvenida.
Estas dos medallas han caídomás por las amistades o habilidades de despacho, según el caso, que por los méritos ante el toro. Ese que pone a cada uno en su sitio.
Y Paco Camino tiene el suyo, con medalla o sin medalla.
Así que, mejor pensado, que se queden la medalla. La medalla auténtica es de aquellos que le vieron torear. Que se emocionaron, que vibraron con uno de los mejores toreros de la historia. Y sobre todo, la del hombre que con su muleta y su espada escribió su propio Camino.
Lo demás son cuentos.