Érase una vez una plaza llena hasta la bandera.
Érase un minuto de silencio frío como un lamento.
Érase un sábado soleado de febrero en Candeleda, al pie de Gredos.
Érase un cartel de ocho toreros: Bohórquez esculpiendo muletazos a caballo, Ventura y su garra, Padilla peleado con un manso, Dávila Miura fiel a su firmeza, El Fandi intenso en los tres tercios, Tejela toreó con hondura (anuncia temporada potente), Manzanares, que no puede negar la fuente de la que bebe y Gallo, preocupante por soso y mecánico (era un festival, pero justamente por eso, preocupante).
Érase un homenaje de corazón a un hombre cabal.
Fernando Corredor, Nano, murió por un accidente absurdo, aplastado por una higuera a un kilómetro escaso de la plaza que pisaron esos toreros, a la vera del gigante de piedra Almanzor. Posiblemente Nano no hubiera querido nunca un homenaje para sí. Pero la respuesta de Candeleda y del mundo del toro fue ejemplar para quien tantos desvelos dedicó a ayudar a los demás. Serio en su trabajo y afable en el trato, Nano se hacía querer. Un tipo de una pieza.
Primero como delegado gubernativo, luego como presidente, fue razonable contrapeso de la picardía de los taurinos en los reconocimientos de las corridas de Talavera de la Reina. Nano era el valedor de los derechos del público pagano.
Su capacidad de trabajo fue desbordante; su entrega, desmedida e infatigable en cualquier tipo de iniciativa relacionada con el toro.
Nano llevaba el toro en su propia piel. Con su gorra blanca y su camiseta de rayas, era fácil verle de los últimos ante los toros del encierro en la Calzaílla candeledana. Por la tarde, chaqueta y corbata, y al palco con alcaldes de todo signo. Y luego, a hablar de toros en la animada tertulia del Casino. Nano era así. Por eso su hueco se antoja gigantesco.
Se fue Nano Corredor, y un sábado de febrero, en su pueblo, en Candeleda, los toreros le hicieron un homenaje. Y de todos, fue Tejela el más puro.
Érase una vez... un cuento que nunca quise contar.